·Exposición individual en la Galería Carmen del Campo. Córdoba
Portada y contraportada del catálogo "Lugares que no había"
MARES. María Ortega Estepa
Color
3 Conjunto de colores o manera de estar combinados los colores, particularmente en un cuadro o cosa semejante: “ Lo mejor de esa película [o de ese pintor] es el color “. *
Milenaria y crepuscular, al mismo tiempo, es la pintura como práctica artística. Ningún otro lenguaje perteneciente a la comunicación estética ha sido tan defendido, puesto en cuestión, noqueado, e incluso negado. Pero su alumbramiento no cesa: somos seres humanos y por ello hipervisuales, nos alimentamos de imágenes y las creamos sin cesar, porque nuestro sentido de la vista –literalmente- no es muy agudo, aunque sí es amplísimo nuestro icónico cerebro, además de insatisfecho en los planos visual y memorístico.
En este sentido, la memoria es aplicada constantemente en la pintura, una herramienta que siempre eligieron y eligen quienes recurren a medios pictóricos para emitir concepciones sobre el mundo que nos rodea, o simplemente, para intentar trascender su subjetividad. No hablo tan sólo de juegos iconográficos con la Historia del Arte, sino también de recursos matéricos, insistencia en estilos, soluciones plásticas adoptadas tras comprobar su éxito, etc. Ese empleo consciente de la memoria, esa decisión de utilizar referentes manifiestos para hacer pintura puede tener en algunos casos un efecto que produzca confusión, tal vez incomprensión. En ocasiones resulta desalentador pararse ante una pintura y no percibir nada que nos diga quién está detrás de esa obra. El uso de dichos referentes puede adolecer de escapista cuando un artista no tiene discurso ni lenguaje propios. A veces nos podemos quedar “sin conocer” como espectadores. Actualmente en el mundo de la pintura, después de tantas revisiones y juegos, después de tantos descubrimientos y decepciones, las estrategias y trucos técnicos pueden llegar a impersonalizar su práctica.
Por ejemplo, en la “pintura joven en España” hallaremos una gran variedad de aportaciones y mucha producción en plena búsqueda. Desde mi punto de vista, si colocamos un filtro para hacer una observación general de ese ámbito artístico, encontraremos bastantes intentos de efectismo en torno al cuadro, o en torno a la presentación de pintura en cualquier formato, técnica o estrategia plástica; encuentro la falta de discurso algo generalizada, lo que no sería suficientemente explicable con la circunstancia de la juventud aludida. Evidentemente por nuestra geografía también se prodigan artistas jóvenes con un discurso interesantísimo y mucha proyección por delante, pero en cualquier caso las perlas no abundan o son difíciles de encontrar.
Llegados a este punto, resulta refrescante descubrir la pintura de María Ortega. María posee un lenguaje propio adquirido con años de incesante trabajo y búsqueda. La actividad que desarrolla se centra en la pintura esencialmente, aunque su capacidad creativa y su audacia plástica le permiten acertar en otros campos artísticos –como el arte público- sin que la juventud sea óbice para ello.
María configura su pintura a través de una serie de elementos clave –a los que aludiremos más tarde- que generan un discurso muy reconocible, realmente autónomo; algo bastante difícil de encontrar en los contaminados (posmodernos) tiempos que corren.
LUGARES QUE NO HABÍA
Uno de los objetivos pictóricos de María Ortega es la potenciación del color y cómo llegar a ello. Este proceso contiene algo de azaroso, puesto que va colocando colores que, dialogando, le van diciendo cuáles son los siguientes, es decir, sin ideas preconcebidas. El ojo receptor actúa de válvula entre la voluntad cromática y la mano pictórica. En este diálogo de resultados imprevisibles también intervienen un fresco sentido del collage como textura y color (telas, papeles, grafismos de diversos materiales) y una trama de acciones no lineales: muchas veces María vuelve atrás en el proceso de un mismo cuadro, quita elementos que le descubren nuevas posibilidades, “desvela” zonas que se habían ocultado por la acumulación de otros elementos, o introduce palabras semiescondidas. Esta “lucha procesual” es la clave de los ricos resultados de la mayoría de sus obras. Dicho ésto, debo distinguir entre dos actitudes con respecto al color: éste se puede trabajar persiguiendo la seducción, pero en la pintura de María Ortega, pese a su innegable atractivo visual, el color es discurso personal.
En las obras expuestas observamos una interacción de los colores que nos atrae irremediablemente. Se debe al talento del ojo y la “paleta” de María. La temática de paisaje es una sutil excusa para hablarnos de color y sus posibilidades. Debo acentuar la gran intuición y prematura sabiduría que María ostenta. No pinta con “colorines” –vocablo empleado por F. Zóbel-, pinta firmes colores, como si no pudiera ser de otra manera. Densos colores cuya opacidad refleja la luminosidad matizada del día y la <<>> interior del individuo creador.
Además, en su obra, apreciamos una importante autonomía retiniana. Esto es, sin lugar a dudas ella tiene sus referentes, influencias y predilecciones en arte, pero éstas no se registran en sus cuadros, pinta tal como vive y siente, se muestra en cada obra sin deudas externas. Se trata de ser independiente sin valerse de refritos iconográficos o argucias técnicas.
En el compacto discurso pictórico de esta artista cada pieza transmite unidad dentro de su riqueza compositiva de manchas, casi caleidoscópica. El dibujo y la pintura se relacionan de forma horizontal integrándose sin jerarquías. En algunas obras, la figuración esquemática que María fabrica nos llama mucho la atención por la energía que manifiesta: las figuras son agresivas, informes, nos remiten a la fuerza y la crudeza de los dibujos de una niña. Por ejemplo:
En Paisaje Animado II, hay representada una tormenta de lluvia sobre un campo y un avión lanzando corazones que aterrizan sobre esquemáticas casas. Dichos elementos no son sólo nube, lluvia, árbol, colina, avión, corazón, casa -faro, barco, en la obra Faro de Sanxenxo- … Se trata de la idea que la artista tiene de ellos, se han convertido en personales iconos de lo esencial. Son iconos sorprendentemente expresivos, que sobrepasan la aparente amabilidad de su aspecto; han madurado con el tiempo adquiriendo rotundidad. Podemos rastrearlos desde los dibujos de niñez de la autora.
Algunas obras están realizadas en parte mediante la observación del natural. Incluso en estos casos ella codifica lo que ve y vuelve a generar una pintura trepidante. Evita la servidumbre a la mímesis, se aleja del manierismo propio de la pintura al aire libre, por tanto, dando prioridad a la idea que tiene del aspecto de las cosas y su original forma de representarla.
Por último, quien suscribe quería pedir disculpas por dar vueltas y extenderse, por hacer un flaco favor a la obra de quien nos ocupa, puesto que, María Ortega “lo tiene clarísimo”. Su pintura es cristalina. Sin rodeos actúa sobre el soporte en una batalla de decisiones encadenadas, brochazos y collage compulsivos, colores reveladores y veladores, expresivas formas inmediatas. Una obra densa llena de vitalidad, fruto del enérgico proceso que ha inventado para sí misma.
Esperemos que la necesidad de pintar de María Ortega continúe reflejándose en nuestras ganas de ver su trabajo por mucho tiempo.
* Moliner, María: Diccionario de uso del español, Tomo I (A-H). Editorial Gredos, Madrid, 2004. Págs. 681 – 682.
Antonio R. Sánchez
Texto para el catálogo de la exposición Lugares que no había
El Día de Córdoba. Septiembre 2006
Diario Córdoba. Septiembre 2006
ABC Córdoba. Septiembre 2006
El Giraldillo. Sevilla Octubre 2006

Cuadernos del Sur. Diario Córdoba 28/09/06
·Beca Fundación Rodríguez-Acosta. Granada

Ideal de Granada. Octubre 2006
·Beca "Verde". Sanxenxo, Pontevedra

Diario de Pontevedra. 28/4/2008

Diario Faro de Vigo. 28/04/2006